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UNA SEMANA EN LOS CAMPAMENTOS SAHARAUIS
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Fue
por los alrededores de la Navidad pasada, cuando mi mujer me dio un
programa en el que se anunciaba la Maratón que se hacia en el Sahara.
Cada año, con mi hijo Dylan y Carlos, un médico amigo mío, nos
buscamos un reto de este tipo. A parte lo que representa como aventura,
es una manera de pasar unos días junto a mi hijo mayor
ya que, a medida que van creciendo, hay menos oportunidades para
estar junto a los hijos.
En
principio solo se trataba de hacer una carrera más o menos dura, pero
en el momento de la inscripción me visitó Carme Más, presidenta de la
Organización Sahara Maratón y me habló de que la finalidad de la
competición era la de ayudar al maltratado y engañado pueblo Saharaui.
Desde aquel momento me sentí implicado. Además decidí, ya que Carme
me dijo que venían otros niños, llevarme a mi hijo de ocho años,
Dàworg.
Hoy
es el día después de la vuelta del Sahara y como que, medio en broma,
medio en serio, echándole por cara al amigo David Castillo que el
diario “AVUI” no enviara ningún corresponsal cuando habían otros
que si lo hacían, me dijo que yo mismo hiciese la crónica. Me pongo a
escribirla con la certeza de que no es esto en lo que mi amigo había
pensado, incluso estoy escribiendo sabiendo que por la extensión de la
crónica jamás será publicado, pero las sensaciones vividas han sido
demasiado intensas como para limitarme a un artículo en el que no podría
volcar lo que realmente siento. Espero que el que esto lea, me robe un
poco de estas sensaciones y entre todos hagamos que este discriminado,
robado, engañado incluso por sus propios paisanos pero, os lo aseguro,
bondadoso y a pesar de todo, feliz pueblo, pueda un día gozar de esta
libertad que desde hace veintisiete años le prometieron y como siempre,
por cuestiones económicas y malhechores encubiertos, todavía viven
lejos de sus hogares con menos esperanza cada día.
22-02-03
El
viaje es agotador. Hemos salido de Barcelona hacia Madrid a las 22 horas
y hasta las seis de la mañana del día siguiente no sale el avión que
ha de llevarnos a Argel. Mis hijos han dormido a ratos como han podido
en el aeropuerto de Madrid. La terminal poco a poco se va llenando de
compañeros de viaje llegados desde todos los puntos de España.
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Los participantes
del maresme. De derecha a izquierda: Carme, Ingrid, Dylan, Carles,
Daworg, Emili, Carme. |
Sobre
las cuatro de la madrugada han aparecido dos chicos con aspecto árabe
que se presentan como responsables de la compañía que organiza el
viaje. Unas señoritas de Iberia nos dan la hoja para embarcar y al
menos, podemos librarnos de las maletas.
Llegamos
a Argel, el viaje a sido sorprendentemente rápido, no así los trámites
en el aeropuerto Argelino. Vamos de un lado para otro sin saber muy bien
a que se deben los paseos, nos hacen rellenar interminables y engorrosas
listas de inmigración que se miran con lupa a un par de compañeros
periodistas los retienen haciéndoles un exhaustivo interrogatorio. Nos
hacen bajar las maletas del avión y sorprendentemente y sin una revisión
aparente las vuelven a embarcar en el mismo avión del que habíamos
bajado para continuar viaje a Tindouf. Nadie entiende nada.
Después
de una paseo agotador por el desierto en unos autocares desvencijados,
llegamos a Smara, nuestro punto de destino. Una vez allí nos
distribuyen por Haimas, a nosotros nos toca la número 84 y estamos
solos los cuatro, mis dos hijos, Carlos y yo. La familia con la cual
hemos de convivir es magnífica, son un matrimonio con seis hijos, la
mujer se llama Fátima, el marido está trabajando, es albañil. Sin
tiempo apenas para acomodarnos empieza a venir gente llevándonos
regalos, los cuatro nos sentimos embargados. Hay varios niños que
chapurrean el Español pero nos presentan a Adala ella lo habla
perfectamente y es uno de los interpretes que la familia nos ha
otorgado, luego conoceríamos a dos más: Habas y Slaka. Por fin llega
del trabajo Hassan, marido de Fátima y empieza con el ritual del te, es
el acto más social de los saharauis, es muy dulce y a mi no me gusta,
pero me lo bebo.
Agotados
vamos a dormir.
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Dylan y na Slaka
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23-03-02
La
noche ha sido reparadora. Sobre las cuatro de la madrugada he tenido que
ir a orinar en la comuna, un agujero en el suelo con dos promontorios
para ubicar los pies. La linterna a hecho huir unas cucarachas que
pululaban tranquilamente por allí. Al salir del pequeño habitáculo
quedo extasiado al contemplar el cielo del Sahara, como dice mi amiga
Julia, parece que lo puedas coger con las manos. El día amanece sin
viento.
Empieza
la descoordinación de la organización. Los españoles teníamos que
almorzar todos juntos en la sala de protocolo, nos dicen que se ha
anulado, suerte para los de mi Haima que mamá Fátima se ha enterado y
nos hace unos fideos con salsa de zanahorias que están para chuparse
los dedos, otros compañeros no han tenido tanta suerte.
A
las cinco de la tarde hay la primera carrera, es para niños, mi pequeño
ha de correr, de hecho es muy bueno corriendo este invierno ha ganado en
todos los Cros que ha participado de su categoría. El problema es que
es una carrera multitudinaria y hay chicos de hasta trece años, de
todas maneras el chico va entre los diez primeros hasta que unos
espabilados que están escondidos detrás de una Haima se meten delante
de la carrera y, evidentemente, la ganan. Mi hijo que es muy deportista
y muy legal se retira llorando y viene a contármelo, intento consolarlo
pero está muy cabreado. Sigue la desorganización.
La
Fundación que yo presido ha regalado cinco sillas de ruedas para niños
inválidos. Se hace un simulacro de Carrera, es muy emotivo ver como
disfrutan los pequeños. Aquel día conozco a Castro, responsable de
estos chicos.
24-02-2003
El
día de la Maratón. Nos hemos de levantar a las seis de la mañana ya
que nos hemos de desplazar a el Aaiun, lugar de la salida. Estaba
programado un desayuno comunitario que también se anula, la organización
sigue fallando. Alguien nos dice que la culpa es de los compañeros
norteamericanos ¿?, no me extraña, desde Cuba tienen culpa de casi
todo. Una vez más Fátima, no se como se había enterado, pero nos tenía
preparado pan con mantequilla y un humeante café. De nuevo otros compañeros
no gozaron de tanta suerte.
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Salida de la
Maratón |
Montados
en un viejo camión y
zarandeados por todas partes, llegamos a la salida. Mi hijo pequeño está
en el Jeep de la prensa con Ingrid, hija de Carme. Todo es camaradería,
nos deseamos suerte los unos a los otros. El día es espléndido, hace
una brisa que aminora la fuerte calor. Dan la salida a las diez.
Carlos,
Dylan y yo, empezamos corriendo juntos el primer kilómetro hasta que
Dylan, es el más joven, se va. A la media hora de carrera Carlos me
dice que no aguanta mi ritmo, el pobre por su trabajo no ha podido
entrenar demasiado, él se queda y empiezo a correr solo. Sobre el kilómetro
ocho, mi hijo pequeño me hace una fotografía. Estoy pletórico, me he
entrenado a conciencia y el terreno no es tan duro como me había
imaginado, además la brisa continua y el calor apenas se nota.
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quilometro 8 de
la Maratón |
El
calvario empieza a partir de entonces. La brisa se convierte en un
agresivo Siroco de casi cien kilómetros hora. Una chica alemana que
hace rato corre a mi lado, cae
dos veces debido al vendaval. Es absolutamente inaguantable. Pese a todo
y a fuerza de mucho esfuerzo no aflojo el ritmo y voy pasando a varios
compañeros que ya han empezado a andar. La chica alemana queda atrás.
La visibilidad es casi nula y me despisto un par de veces, por suerte
siempre hay un indicio que me lleva otra vez por el camino. Estoy a
punto de pasar a un atleta que va caminando como puede, cuando me doy
cuenta que es mi hijo Dylan me llevo una gran decepción, yo ya lo hacía
por la media maratón. Lo paso y lo pierdo de vista.
Llego
a la media maratón bastante desolado, pienso que mi tiempo es muy malo,
dos horas y veinte minutos. Un español que está en el abastecimiento
me dice que a partir de allí el camino se endurece ya que durante unos
quince kilómetros hay unas dunas que rompen las piernas, yo sigo.
No estaba nada equivocado el compañero, el trazado es muy duro y
avanzar cada vez es más difícil, el viento sopla inmisericorde,
empiezo a andar. Me hundo en las dunas y las piernas empiezan a dolerme,
pienso que debería hacer estiramientos pero con aquel tiempo no me
atrevo ni a pararme. Pese a todo adelanto a un atleta alemán que parece
ir más jodido que yo, al chico no le gusta que le pase y empieza a
hacer la goma. Un camión escoba se nos pone al lado, le pido que se
ponga delante y nos tape el viento, me dice que el tiene que ir detrás
de la carrera, pienso que somos los últimos, que todos los que había
pasado se han retirado, este pensamiento me desmoraliza. Estoy cubierto
de la fina arena del desierto, la visión prácticamente es nula y las
piernas cada vez duelen más. El alemán que llevo por compañero se va
yo he aflojado el ritmo por el dolor. Por fin veo un indicador, estoy en
el kilómetro treinta y ya he empleado casi cuatro horas. El camión
sigue pululando a mi lado como un buitre
agorero.
Sigo
caminando y hundiéndome en las dunas. De súbito siento en los gemelos
un dolor como nunca había sentido, un calambre de los de chillar
agarrota mi gemelo derecho dejándolo debajo de la rodilla, chillo como
un poseso. Tumbado en el suelo busco el camión agorero que me había
seguido durante tanto rato, no lo veo por ninguna parte, por fin aparece
un Jeep y me recoge, mi hijo Dylan va dentro, hace rato que se ha
retirado, el me estira y el dolor va menguando, pienso en volver a la
carrera pero el pensamiento de que voy último y el mal tiempo que llevo
me hace desistir, estoy en el kilómetro treinta y dos, me siento
desolado.
Llegamos
a la meta y entro en ella para devolver el chip del tiempo, le he de
decir al encargado de recogerlo que me he retirado ya que apuntaba mi
tiempo como si hubiera hecho toda la Maratón, no me gusta presumir de
algo que no he hecho. Veo a Carlos que ya hace rato que está allí,
también ha abandonado, es un desastre, nunca ninguno de los tres se había
retirado de ninguna de las competiciones en las que hemos participado.
Luego,
por un compañero, me entero de que no solo no iba el último sino que
detrás mío habían un montón. Los tiempos de diferentes atletas me lo
justifican, solo sirve para desolarme más. Otro año será.
Gana
la prueba Jordi Aubeso, actual campeón de España de los 100 kilómetros.
Es de Burgos pero me dice que su padre es catalán y por eso se llama
Jordi, un tío fantástico.
Los del maresme tenemos la satisfacción que nuestra compañera Carme
Espinal fué segunda en mujeres. Enhorabuena!!
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Llegada de la Maratón
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Jordi Aubeso,
ganador de la Maratón, a su lado Dylan
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25-02-2003
Hoy
vamos a Rabuni, un campamento en el que hay un hospital, mi hijo pequeño
y yo buscamos un sitio donde nos han dicho que hay cobertura para el móvil,
empezamos a llamar a casa, es imposible, todo el rato nos sale el
maldito mensaje “Red ocupada”.
Los
compañeros salen de la visita. Carlos está desolado, me explica que el
quirófano está bastante bien pero no hay de nada, no tienen ni una
gota de alcohol. El es cirujano y entiendo como se siente. Llega Dylan y
dice que ha podido hablar con mi hija mayor. Me quedo más tranquilo,
sufría por mi mujer.
Tenemos
una recepción con el presidente de la R.A.S., Mohamed Aldelaziz, luego
del discurso pertinente llega el momento de las fotografías, Coge a mi
hijo Dàworg por aquello de la foto con niño, mi hijo está encantador.
Volvemos a Smara.
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El presidente de la
RAS con Dàworg
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Cada
día nos damos más cuenta de la bondad de aquella gente, no paran de
sus atenciones ni sus regalos. Mi pequeño es el centro de atención,
todos lo acarician y le hablan, él para todos tiene una sonrisa. Me
siento muy orgulloso como padre. Por la tarde vamos con Fátima y su
hermana a comprar, las tiendas son paupérrimas. Le digo a la mujer que
yo pagaré todo lo que compre, compra bastante, en total me cuesta
quince euros.
Por
la noche nos preparan una fiesta en la Haima. Con una especie de cubo
empiezan a hacer música y cantan y bailan, muy bien por cierto, mis
hijos son unos saharauis más, el mayor es muy mimético y ya hace días
se viste como ellos. La fiesta termina con el ritual del te.
26-02-2003
Estamos
delante de un hecho histórico. Nos explican que Aznar a mediado para
que los Saharauis suelten a 100 prisioneros marroquíes que llevan 25 años
como prisioneros. Viene a
recogerlos la Cruz Roja Internacional ya que, según dicen, el gobierno
marroquí no reconoce que haya prisioneros. Intento entrevistar para que
me explique a Mohamed Khadad, coordinador con la ONU, le hago, junto a
otros compañeros de prensa, algunas preguntas, solo contesta a las que
no le comprometen, pienso que las cosas no han cambiado mucho para los
políticos desde que yo era corresponsal del desaparecido “El Correo
Catalán” y desisto. Mi sorpresa fue cuando, llegado a España, nadie
tenía constancia de este hecho. Supongo que la acción del señor
presidente solo ha sido de cara a la galería con el gobierno Marroquí.
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Momento en que la
Cruz
Roja internacional se hace cargo de los 100 presoneros marroquies
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Carlos
no paraba, cuando supieron que era médico teníamos cola en la Haima,
incluso yo había agotado todas las medicinas preventivas que mi mujer
me había puesto, sobre todo para mi hijo pequeño. Aquel día, después
de comer, lo vinieron a buscar una familia bastante preocupada. La
madre, que ya estaba enferma, había empeorado y estaban todos muy
asustados. Carlos fue a visitarla. Volvió al cabo de unos diez minutos
con el rostro congestionado, casi lloraba. Me dijo que la señora en
cuestión tenía un insuficiencia cardíaca y que maldecía el hecho de
no tener a mano un par de medicamentos que podrían curarla, le dije que
fuéramos al dispensario del campamento. Encontramos al farmacéutico
junto a la única doctora del poblado, una chica saharaui que, como
todos, había hecho la carrera en Cuba, nos dio las medicinas y tanto mi
amigo como yo nos sentimos muy realizados aquella noche.
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Entrega de un
aparato de electrocardiograma del consultorio del Dr. Saltor
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27-02-2003
Este
día fue el más emotivo e importante para mi. A pesar de que sobre las
tres de la madrugada Dáworg empezó a vomitar y durante más de una
hora la estuvimos bailando. Carlos me dijo que era normal, que no le
diera nada que ya se le pasaría. Aquella mañana me tenía que
encontrar con Carme en el Centro de los minusválidos, ya que teníamos
que elegir, junto con Carlos, a seis o siete niños con posibilidades de
curación para llevarlos a Barcelona, mi hijo aún no estaba bien pero
como no tenía fiebre me lo llevé.
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Castro con
Emili
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Antes
ya he hablado de Castro, le llaman así porque cuando era militar tenia
la misma pinta que el Dictador cubano. Castro es una de estas personas
como hay pocas en el mundo, la Madre Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer y
para de contar. Él ha construido un centro donde a recogido a todos los
niños con deficiencias, menospreciados incluso por sus propios padres,
y les está enseñando a ser personas y que no se sientan bajo ningún
concepto discriminados. La pasión con la que aquel hombre hablaba de su
labor nos conmovió a todos lo que le escuchábamos. Tiene recogidos a
sesenta chicos y chicas de entre tres a veinticinco año. A los que
conocí, aparte de sus limitaciones, eran absolutamente felices. Los
enseñaba, junto a unas monitoras voluntarias a leer, escribir, matemáticas,
etc. incluso había niños con síndrome de Down. Me habló de su
proyecto de construir un edificio biblioteca, pero no tenía dinero y el
Frente Polisario no quería saber nada del tema, le pregunté qué
dinero le haría falta para el proyecto, me contestó que con dos mil
quinientos euros se podía hacer todo, quedé de piedra ¡Dios mío! Con
mucho menos de lo que nos gastamos en unas vacaciones aquel hombre realizaba su sueño y el de sesenta niños
faltos de todo. Me comprometí a buscarle y conseguir el dinero, incluso
me hizo a mano un presupuesto con todo lo que le hacía falta. Al irnos
le di cien euros que llevaba, se puso a llorar.
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Dàworg en
la escuela
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Dàworg
volvió a vomitar, lo mandé a la Haima y con Dylan y Carlos fuimos a un
pequeño huerto que han construido en medio del desierto. El presidente
de la R.A.S., daba un discurso en uno de los locales comunes de Smara,
supuse que lo daba allí porque estábamos los españoles. La pequeña
huerta está al cargo de un ingeniero agrónomo saharaui, la carrera,
como no, la había hecho en Cuba, nos dijo que a ciento cincuenta metros
habían encontrado agua. Plantaban cebollas, tomates, zanahorias,
guisantes, habas y de fruta, melones y sandías. También tenía una
ilusión, hacer un invernadero, pero no tenía dinero, el presupuesto
era de quinientos euros...
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Huerto de Smara
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Cuando
salimos llegaban los militares con el Presidente, quince o veinte
Toyotas de última generación, según Carlos que entiende de coches,
cada uno de ellos con un valor de sesenta mil euros. Huelgan todos los
comentarios.
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Museo de la guerra
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28-02-2003
Hoy
marchamos para casa. Mi hijo pequeño ya está bien. Fátima nos viene a
despedir. Cuando el autobús se va y nos dice adiós una lágrima le
resbala por la mejilla. Nosotros también te queremos, mama Fátima.
EMILI
SURIÑACH |
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